Enseñar y deleitar

Un recorrido por las apariciones en la literatura castellana del flamenco como referencia estilística o recurso narrativo.

Enseñar y deleitar

Horacio en su Ars Poetica definió el propósito de la literatura como “el de enseñar y deleitar”, teniendo en cuenta ese principio rector siempre he pensado que el cante, cuando responde a la pureza del sentimiento, puede ser tan elevado como una obra maestra de la literatura. Así me propongo brevemente hacer un recorrido por las apariciones en la literatura castellana del flamenco como referencia estilística o recurso narrativo.

Parece que hay un cierto consenso entre los flamencólogos en situar el ultimo cuarto del siglo XVIII como el momento en que hace aparición en nuestra literatura el gusto por lo flamenco, sin embargo lo jondo tiene referencias más antiguas. El propio Miguel de Cervantes Saavedra en “La gitanilla”, una de sus Novelas Ejemplares, nos presenta a su protagonista, la gitana Preciosa, de la siguiente forma: “Salió Preciosa rica en villancicos, de coplas, seguidillas y zarabandas, y de otros versos, especialmente de romances, que los cantaba con especial donaire”. Novela Ejemplar en la que también se mezcla ese lamentable estereotipo tan nuestro —por desgracia— de vincular a la población gitana con actuaciones ilícitas lo que sorprende sobre todo en un autor que impregna toda su obra de erasmismo y comprensión hacía los más desgraciados de la sociedad de su tiempo. Sea como fuere quede constancia de que el mismísimo Cervantes ya se fija en el flamenco como realidad cultural entre el pueblo llano.

También en las  “Cartas Marruecas” de Cadalso se nos revela el flamenco aunque sin nombrarlo de manera explícita.

Como suele suceder con nuestra cultura las primeras referencias son de autores extranjeros que aportan una visión deformada del flamenco. Se trata de aquellos primeros “turistas profesionales” de la historia contemporánea, los jóvenes aristócratas del “Grand Tour”. A finales del siglo XVIII, para los jóvenes nobles británicos  Italia y Grecia eran las protagonistas de un viaje iniciático por  nuestra cultura y mitología europea compartida en el que era inapelable pasar por España. Podríamos definir este viaje como una suerte de programa Erasmus para los hijos de la élite europea que a su paso por Andalucía, (parada obligada desde que Washington Irving “redescubriera” la Alhambra al mundo con sus “Cuentos de la Alhambra”), van plasmando en sus diarios y obras sus impresiones sobre un arte flamenco que se les presenta como algo exótico, prohibido y extraño para las refinadas costumbres de corte y maneras victorianas de la época.

Será Serafín Estíbaliz Calderón , apodado el malagueño, y a la sazón tío del presidente del gobierno Canovas del Castillo, el primer escritor español que utilice el flamenco no solo como recurso literario en que desarrollar sus tramas literarias, sino otorgándole un papel predominante en las mismas.

El Desastre del 98 traerá una nueva minusvaloración de lo jondo otorgándole el carácter de cultura menor. La mayoría de los autores de esa Generación lo desprecian identificándolo con del atraso y la incultura secular fuente de todos los males de España. Pio Baroja, Azorín, Leopoldo Alas Clarín… son algunos de los notabilísimos autores que desprecian el flamenco en artículos de opinión y novelas, mientras miran con esperanza referencial a las nuevas tendencias que llegan de Inglaterra y Francia, las cuales —por cierto— estaban en ese mismo momento promoviendo su propio folclore mientras aquí, con violencia cainita, se despreciaba lo que por popular se equiparaba como atrasado.  Curioso complejo el nuestro.

Por suerte no todo era un páramo sombrío para los autores folcloristas y en 1848 venía al mundo el ilustre Don Antonio Machado Álvarez, el gran Demófilo, padre de los poetas sevillanos Antonio y Manuel Machado que con la edición de su “Primera colección de cantes flamencos corregidos y anotados” abría el camino hacia el estudio de lo flamenco con rigor filológico y cariño hacia los usos y costumbres culturales que nos son propios. El poema “Cante hondo” de Antonio Machado , el mejor poeta de la Historia de España, muestra una respetuosa referencia a la obra de su padre.

“Yo meditaba absorto, devanando

los hilos del hastío y la tristeza,

cuando llegó a mi oído,

por la ventana de mi estancia, abierta

a una caliente noche de verano,

el plañir de una copla soñolienta,

quebrada por los trémolos sombríos

de las músicas magas de mi tierra.

(…)”

La Generación del 27 en contraposición a los noventaochistas serán una permanente reivindicación de nuestro acervo cultural más íntimo. Federico García Lorca y Manuel de Falla crearán el afamado “concurso de cante jondo de Granada”. Esta época encuentra en la topografía andaluza de muchos de sus integrantes un lugar donde fusionarse las más novísimas vanguardias artísticas con la pasión desbordante, pura y primaria del arte flamenco, y para sorpresa de propios y extraños no solo encajan con absoluta normalidad sino que lo hacen de maravilla.

El franquismo secuestrará el flamenco como el resto de expresiones culturales, las cuales solo tendrán cabida si se adecúan al ideario de la dictadura. Se cae así en una época de estereotipos si no de burdas caricaturas de lo flamenco. Pasados los durísimos años de la posguerra comienzan a aparecer toda una serie de escritores decididos a regenerar , recuperar, el flamenco del pozo donde se encuentra buscando una dignificación del mismo y de los y las profesionales  que lo encarnan.

El final del franquismo y la llegada de la democracia da paso a la Edad de Oro de la literatura con miras al flamenco. Nombres como Fernando Quiñones, Caballero Bonald —¿para cuándo la plaza de número en la RAE para este excepcional poeta jerezano y Premio Cervantes 2012?—, Antonio Hernández, Manuel Rios ,Felix Grande y por supuesto Juan José Tellez el cual, a opinión de éste que escribe, aporta al panorama literario de la flamencología moderna la más sobresaliente obra escrita hasta el momento, su “Paco de Lucía. Retrato de familia con guitarra”. Dicho esto con la venia y el permiso, claro está, del Maestro Quiñones y su magnifica “De Cádiz y su cante”.

En una época donde Camarón, Paco de Lucia, el Lebrijano, Enrique Morente, El Cabrero, Lole y Manué, Jose Menese, o Manuel Gerena, por citar algunos, representaron desde su sensibilidad flamenca un punto de oposición a la frivolidad  de la denominada “movida madrileña”, que inundó como un tsunami la producción cultural de la época, y con el reconocimiento internacional que en esta época llega al flamenco con su denominación como Patrimonio Universal de la UNESCO no es de recibo afirmar que esta generación de flamencos, en todas sus variantes, supieron adaptar la esencia pura de este Arte Mayor (así, con mayúsculas) a los nuevos tiempos sin abandonar el sentir popular que lo hace único, “enseñando y deleitando”  los oídos y corazones del siglo XXI .