Flamencos en la frontera

La historia de @Flamencolica y su unión con el flamenco, la que hace que nos llegue tan adentro, pero podría ser la historia de cualquiera.

Flamencos en la frontera

Una historia de raíces, de principios, de lo que somos en esencia. El flamenco nos nace de lo que  somos, de dónde somos. Esta vez es la historia de @Flamencolica, la que hace que nos llegue  tan adentro, pero podría ser la historia de cualquiera. Vivan los pueblos, su gente y su tradición  flamenca.


No hay mayor orgullo que ser de pueblo, y esto mucha gente no lo entiende. Siempre  digo que mi pueblo es feo, pero solo puede decirlo un autóctono, porque si lo dice un  forastero me enfado. Muchos bromean diciendo que Puerto Lumbreras es el pueblo de  las dos mentiras, circunstancia que me encabrita, ya que no es cierta. Tiene puerto de  montaña y las lumbreras están debajo de la Rambla de Nogalte, que son los sistemas  subterráneos con los que se canalizaba y filtraba el agua. Cada vez que alguien me dice  que conoce mi pueblo me alegra infinitamente, y la verdad, que es difícil no conocerlo ya  que está en la frontera de Murcia con Andalucía. O es el primer pueblo de Murcia, o el  último, según se mire; y este juego me encanta.

Ha sido lugar de paso perpetuo debido a que por el centro del casco urbano transitan las  carreteras nacionales que van hacia Granada o Almería. En Puerto Lumbreras hay  que tomar decisiones constantemente, ahora con la autovía pasa igual, es en mi pueblo  donde confluye la encrucijada: Murcia, Almería o Granada. Estamos siempre en medio,

por eso nos consideran personas hospitalarias y atentas; acostumbradas a tratar con  extranjeros que van de paso; habitamos un poco en tierra de nadie, por tanto,  mezclamos las culturas andaluzas y murcianas sin darnos cuenta como algo natural y  espontáneo. En la mayoría de las casas conviven los refajos de huertana con los trajes de  gitana, el gazpacho con la ensalada murciana y pasamos las migas con un rebujito en la  feria. Así somos, como el mismo flamenco, una mezcolanza de culturas que concurre  con total normalidad.

En los lares lumbrerenses el flamenco ha sido algo perenne que se acepta como parte de  nuestras costumbres, la tradición flamenca se ha forjado en muchas familias por  diferentes razones, pero sobre todo por la causa geográfica. Mi tierra fue testigo mudo  del rastro de la Ópera Flamenca, un tiempo donde numerosos artistas hacían parada de  pernocta allí o actuaban en el desaparecido Cine Olivares, como Antonio Machín, Curro  de Utrera o Ramón Montoya. Un claro ejemplo es el de Pepe Marchena, artista  meticuloso que se negaba a hospedarse en la Posada de Fermín por su falta de higiene y  prefería la casa de El Cora donde lo trataban como a un príncipe y hasta le lavaban los  pies en una zafa; se reunía en la barbería de El Flores y pasaban la tarde cantando hasta  que el maestro se retiraba a descansar para continuar su viaje a la mañana siguiente. Me  consta que aún conservan la cama de hierro donde dormía, esto me dice, que parte de la  afición que hay en mi pueblo al flamenco se da por estas escenas de arte que fluían entre  sus habitantes en aquel tiempo.

En los años cincuenta la jerezana Lola Flores solía pasar unos días en la conocida Casa  del Cura, donde residía Don Alberto Marzal, que era embajador de aristócratas y artistas  que transitaban por Puerto Lumbreras de forma eventual. Además, se rumorea  que Marifé de Triana vivió allí con sus padres durante un corto período de tiempo  cuando era muy pequeña, pero esta información no he logrado contrastarla, aquí lo dejo  por si alguien me puede dar más pistas al respecto.

El torbellino catalán de Carmen Amaya también hizo parada en Puerto Lumbreras, tan  conocida era, que tan solo se detuvo para repostar su auto y por una casualidad, había  alguien con una cámara de fotos para inmortalizar el momento.

Termino este breve recorrido con el Maestro de los Alcores, que hizo un alto en el camino  hacia La Unión para tomar un café en el bar Los Rosales. El destino hizo que mi padre  estuviera allí y lo reconociera, fue a mi casa corriendo a coger a mi hermana mayor que  tenía dos añitos para que Antonio Mairena la tomara en brazos y siguió su camino. Fue  en febrero del año 74, víspera de una actuación en fuera del concurso, donde le  acompañó a la guitarra un joven Paco el de la Lucía.

Podría continuar hasta la actualidad, pero no es mi intención extenderme. Todos los que  vivimos fuera de nuestra tierra experimentamos una particular alegría al regresar, mi  sensación cuando salgo de la autovía y paso por el antiguo Parador Nacional  lumbrerense es de sosiego, ya estoy en casa, miro otros coches con atención y  reconozco las caras de los conductores, saco la mano por la ventana y el aire es distinto;  me asoma media sonrisa hasta aparcar en la puerta de casa. Me gusta imaginar cómo  era mi pueblo en los años dorados del flamenco, cuando pasaban las compañías por allí,  el bullicio de las calles, las tiendas antiguas, los mercados de ganado o las fiestas  patronales. Me hubiese encantado ver todo eso que no he conocido, el Puerto  Lumbreras pequeño que pertenecía a Lorca y que un día logró independizarse a base de  mucho esfuerzo y con grandes dosis de personalidad. Sin ningún tipo de complejo  hemos superado ya los quince mil habitantes y tenemos toda clase de servicios, la  autovía nos quitó el tráfico, pero seguimos en el mapa de muchos forasteros y eso es lo  que importa; figurar en los atlas de las personas, en las mentes, en los corazones y en el  sentimiento.

Tan solo quería manifestar que mi pueblo, como cualquier otro, es especial y particular.  Porque lo que hace bello a un municipio son sus tradiciones, sus costumbres, sus  culturas y, sobre todo, sus gentes. Otra cosa no, pero en Puerto Lumbreras existe gente  acogedora, sencilla, buena y flamenca. Estos son los ingredientes que alimentan mi  soberbia lumbrerense, ese orgullo de ser una flamenca en la frontera.

Lola Flores en la Casa del Cura de Puerto Lumbreras –  Fotografía: Archivo General de la Región de Murcia –

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