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La Cava de los Gitanos de Triana

El sentimiento que aún perdura en el Polígono Sur y en el Polígono San Pablo, herencia de aquellos gitanos que tuvieron que dejar Triana
La Cava de los Gitanos de Triana

Una mañana ya no estaban, fue en un abrir y cerrar de ojos. Los vimos pasar mientras se los llevaban en camiones custodiados por la Guardia Civil, se contaba en el barrio que los iban a realojar en otra parte pero no estaba claro dónde, hoy sabemos que fue en el Polígono Sur y en el Polígono San Pablo. Había algo muy triste flotando en el aire en Triana, aún no podíamos saberlo pero ese día enmudeció el alma del barrio”.

Así me contaba mi madre cómo vivió siendo muy niña la expulsión de la población gitana de la Cava de Triana.

Como casi todo en Sevilla cuando se habla de esta historia se hace desde posiciones muy maximalistas, o fue un atropello inaudito o por contra fue un esfuerzo de las autoridades para dignificar la vida de unos núcleos poblacionales que se encontraban en franca insalubridad y riesgo de exclusión. El término medio se descarta como premisa en esta ciudad donde todo se vive con una bipolaridad en ocasiones desquiciante. Pero es necesario entender el contexto para comprender que si bien para una gran parte de aquella población el traslado forzoso, con una lógica especulativa detrás sobre el terreno que ocupaba la zona, devino en un lastimoso desarraigo para muchas otras supuso un nuevo comienzo, la posibilidad de vivir más dignamente y progresar. Que de todo hubo.

Es curioso como la geografía juega a veces con nosotros, como hijo de trianeros y residente toda la vida en el barrio del Plantinar de alguna manera siempre he vivido en medio de esta historia, la he escuchado muchas veces, siempre ha flotado por los territorios intermedios donde me he criado. El Polígono San Pablo y el Polígono Sur siempre fueron dos realidades tan lejanas como cercanas. Recuerdo el abrazo emocionado de mi padre con un compañero de colegio que no veía desde que lo trasladaron con su familia a las Letanías; o la noche que terminé por una bendita casualidad en la Asociación de Vecinos de La Oliva donde, de esa manera tan natural  que solo puede darse en el Polígono Sur, escuché tocar a Rafael Amador por bulerías mientras un Gitano Viejo contaba a un grupo que le escuchaban con devoción, como los expulsaron de Triana. Aquella noche tuvieron a bien dejarnos sentar con ellos a mi amigo y a mi y pudimos escuchar el lamento añejo del “expatriado” acompañado del llanto de la mano prodigiosa de Rafael Amador. Esa noche lloraron hasta las estrellas.

Una tarde paseando con mi amigo Pedro Molina hablando de todo un poco me soltó un “Yo soy trianero” que me dejó roto. Nacido y criado en el Polígono Sur me impresionó esa añoranza, ese sentimiento de pertenencia a una realidad que ya no existe pero que en muchísimos gitanos de Sevilla sigue viva, latente. Me recordó a aquellos judios de la diáspora que todavía guardan la llave de su casa de España y vino a mi memoria el cuadro “Expulsión de los judios de Sevilla” ,de Joaquín Turina Arenal, que tengo colgado en mi despacho. Una obra notable donde se representa un momento de descanso de la caravana de sefarditas camino del exilio por el Edicto de Expulsión de 1492 que realizan un alto en el camino precisamente en la orilla que hoy es Triana, ya fuera de las murallas de la ciudad. De fondo se observa el Alcázar y la Torre del Oro hacia los que algunos de ellos miran con tristeza. Imposible no encontrar cierto paralelismo, cuanto menos sentimental ya que como destino dramático no puede tener comparación,  entre lo que tuvieron que sentir muchos de aquellos gitanos expulsados de su hogar de un día para otro.

El evento en cuestión ha quedado magistralmente documentado para la historia gracias a la voluntad y determinación del productor Ricardo Pachón que en su documental “Triana pura y pura” de 2013 analiza y desarrolla una reflexión muy valiosa sobre aquel hecho. Relata el proceso de expulsión de la Cava  y el efecto que en muchos de ellos tuvo la reubicación a través del ya legendario concierto, en el imaginario colectivo de Sevilla, que organizó aquella comunidad de “Trianeros en la distancia” en el Lope de Vega el 28 de febrero de 1983. El periodista Fermín Lobatón lo contaba así para El País:

“Tres décadas después, más de cincuenta años desde su expulsión, los viejos trianeros vuelven al Lope de Vega y, a tenor de los galardones que avalan su regreso, con la misma fuerza que mostraron aquel 28 de febrero de 1983. La fiesta grabada en ese coliseo es la base del documental, una reunión que, en opinión de Pachón, muestra “lo que ya no hay“, pues tiene la autenticidad del flamenco que surge en una reunión íntima. El recurso podría parecer excesivo, porque en la escena se juntaron más de veinte artistas y los espectadores pasaron de 700, pero el productor explica que entre unos y otros se produjo lo que denomina una “comunicación circular”, en oposición a la “comunicación frontal” propia de los conciertos de cualquier otra disciplina: “Todo el mundo estaba dándolo todo en el escenario, a muerte. Con una levísima conciencia de la existencia de público”. En ese contexto surgen realmente elementos de comicidad y de erotismo que hoy son muy difíciles de encontrar, quizás porque, de la misma forma que han desaparecido los corrales de vecinos, se ha perdido “la poca vergüenza de los viejos que protagonizan esta última lección magistral”, en palabras del productor.”

El documental en cuestión se encuentra disponible en la plataforma Youtube y otras de manera gratuita, dense el gusto de disfrutarlo.

Esa defensa de la identidad perdida, pero no por ello abandonada, se crece soberbia aún en la adversidad y enfrentada a los prejuicios que solo envilecen al que los profiere pero también a las lamentables, y reales por desgracia, situaciones delictivas que lastran el desarrollo de los Polígonos. Todas ellas en su conjunto forman parte de esa realidad poliédrica, compleja y maravillosa, que es la comunidad de gitanos reasentados de Triana. Una Comunidad que encontró en el mantenimiento de su memoria colectiva la fórmula de dignificarse, de mantener viva la llama de aquella Cava de los gitanos como flor de cuño del mejor y más puro flamenco de los últimos tiempos. Y con ese esfuerzo todavía hoy vigente crearon un vergel cultural que enraíza y florece en cada aspecto de nuestra particular cultura, hablo de esos lugares comunes de nuestra tradición, de la de todos y todas los que vivimos en este pedacito de tierra al sur de Europa y a la vera del Río Guadalquivir, que nace de ellos y precisamente por eso nos convierte en deudores de por vida.